Voces del mundo #19 (Japón)

Por Masao Kitazawa

A las 12 del mediodía, con fecha 15 de agosto de 1945, terminó la Segunda Guerra Mundial, al menos por parte de Japón. Japón había perdido. Yo nací casi un año más tarde, el día 5 de junio de 1946, de entre la montaña de cenizas que cubría el país, al lado de un lago que se llama “Suwaco” en el centro de “Honshu”, la isla principal.

Tuve suerte, mis padres y dos hermanos mayores -un hermano y una hermana-sobrevivieron a aquella lamentable guerra, sin embargo, perdí a la mayoría de los parientes. Con los ojos llenos y arrasados por las lágrimas derramadas, hablaban mis padres despacio y repetidas veces, sobre un tío que murió por hambre y una tía con tres niños pequeños, todos muertos por hambre y frío al norte de China, meses después de la fecha del término de la guerra.

Con frecuencia me acuerdo del primer juguete de mi vida que recibí en mi séptimo cumpleaños, y que fue una red para pescar peces en el lago y los ríos. A mí no me gustó nada de nada esa red, porque estaba hecha con mis viejos calzoncillo cortos…
-¡No puedo salir a pescar con mis amigos con esta mierda! -me quejé.
Mis padres y hermanos me respondieron:
-¡No te quejes! No tenemos nada!

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Poco a poco aprendí, en mi infancia, con el transcurso del tiempo, que, tal vez, la miseria era atribuible a la guerra.Y poco a poco empecé a reflexionar dentro de mí acerca de lo que era guerra y paz.

¿Por qué y para qué murió tanta gente?
¿Por qué mis padres no podían comprar esas cosas tan necesarias?
¿La guerra fue inevitable?

Durante años, sufrí, por la búsqueda de la verdadera paz.

¿Tú, Paz, eres solamente una ilusión?
¿Dónde estás tú?
¿Cómo logramos la paz para siempre?

Tampoco tenía claro que el Artículo 9 de la Constitución de Japón (conocida como la Constitución de la Paz), fuese suficiente, porque no me explicaba de dónde, entonces, nacían las guerras.

Mientras tanto, un día, y sin razón particular, leyendo uno de los suplementos de una revista, sentado en la antesala de mi dentista, sentí de repente, como una bomba caía sobre mi cabeza, casi en el sentido literal. Ese documento, que tanto había ansiado y buscado, estaba escrito, ahí, corto y claro:

Puesto que las guerras nacen en la mente de los hombres es en la mente de los hombres donde deben erigirse los baluartes de la paz…”

¡CLARO! Era una cita del preámbulo de la Constitución de UNESCO.

A mí me pareció admirable. Ojalá que cualquier mente humana la conociera y que nadie ni nada la ignorase. No existe guerra buena. Definitivamente.

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No obstante, sigue habiendo conflictos armados, con armas cada vez más potentes, efectivas y sucias. Matan a niños, viejos e inocentes, bajo el pretexto de la defensa propia y de la justicia.

Como ejemplo, el gobierno de China ha manifestado hoy mismo -4 de marzo de 2017- que subirá este año el gasto de defensa de su país en un 7% respecto al año anterior, para que no se incline la balanza de fuerzas a favor de su homólogo, Estados Unidos.

Hay suficientes armas químicas en el mundo, nucleares, bacteriológicas y demás, que se venden cada vez más en el mercado. A mí esto me parece de dementes, sin embargo, no sería así si todos los hombres estuvieran obligados a intentar perseguir la paz. No hay espacio en la Tierra que esté fuera del alcance de un simple fusil. Una bala cuesta de entre 5 y 10 euros, pues ese ha sido el precio de la vida de muchos hombres.

Me he deseado a mí mismo, un mundo con paz durante los primeros 25 años que estuve en Japón, lo he hecho los 23 años que estuve en Suecia, y los últimos 22 años lo he hecho aquí, en esta bella isla,

¡¡GRAN CANARIA!!

No sé hasta cuando, pero, como mínimo, así lo desearé hasta el último día.

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