Mi ciudad: Nápoles

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Nápoles ciudad costera, viva e intensa.
Podría definirla como un cuadro lleno de colores brillantes como el sol que brilla en las plazas y edificios durante la mayor parte del año. El amarillo intenso de las puestas de sol sobre el golfo de la ciudad se fusiona con las antiguas iluminaciones de las paredes de toba de los castillos que la enriquecen. Por un lado, el castillo; por otro, el negro Vesubio, el volcán que durante siglos ha vigilado el mar Tirreno, un mar tranquilo y cálido que va del azul al verde y vuelve al azul más intenso, resplandeciente en los días de verano y sombríos bajo las nubes invernales. Hasta entre las verdes colinas se pueden encontrar piezas de azul. El mar está siempre presente, su calma acompaña la vida frenética del puerto, aún romántico en la oscuridad de la noche.
Profundizando, la imagen detrás del mar muestra una ciudad llena de construcciones , iglesias y luces más oscuras. El sol comienza a luchar para penetrar en los edificios altos que rodean las pequeñas calles del centro. Entre ascensos y descensos continuos, las calles de Nápoles son el escenario de un teatro al aire libre. Las voces de los niños que juegan al fútbol son un fondo constante, la expresividad y los tonos de los habitantes son siempre muy coloridos, y el olor de la ropa recién tendida o el almuerzo que acaba de ponerse en la mesa sale en voz alta por las ventanas de las casas ubicadas justo al lado de la calle, de tal modo que con una mirada es posible entrar en las diferentes vidas de las familias que comparten su privacidad con numerosos transeúntes. Espacio privado, distancia entre casas y silencio sacrificados en nombre de un vecindario y una comunidad presentes y acogedores.
Nápoles ciudad metropolitana, entre tradiciones e innovaciones.
El centro de la ciudad siempre ha sido muy activo y animado. Sin embargo, ha cambiado mucho y rápidamente en los últimos años. Los turistas, las actividades de restauración comercial que repiten las recetas de la tradición napolitana son el objetivo de un arrivismo comercial que, prácticamente, ha devorado todas las pequeñas tiendas de artesanía ubicadas en diferentes partes de la ciudad. Ahora, están presentes solo en algunas áreas que también se han convertido en turismo. Afortunadamente, las tradiciones se resisten a morir entre los edificios que recuerdan cientos de años, por lo que estamos presenciando la adaptación de las peculiaridades napolitanas al cambio de los tiempos.  Por supuesto, esto refleja un lado cultural de la gente napolitana, o sea el arte de saber cómo arreglárselas, por eso el dialecto tiene un concepto intraducible, que en otras palabras significa sacar lo mejor de lo que tienes.
Sin embargo, los efectos de un Nápoles diferente son visibles, se ha vuelto cada vez más raro encontrar familias mayores que viven en el centro; los clubes nocturnos, la vida universitaria y la movida de la noche han ayudado a cambiar el rostro de la antigua ciudad. Hoy en día se respira un aire cosmopolita donde se aglomeran las iniciativas culturales, los cafés literarios, el teatro en la plaza, los conciertos, los artistas callejeros y los poetas que leen sus obras mientras los pintores les dan color a sus lienzos. Personas de todo el mundo de vacaciones o simplemente residentes, comparten las borrosas luces de la noche y el vino hasta la mañana.
Vivir en el centro, como en muchos centros urbanos de Europa, se ha vuelto difícil, por lo que todas las familias se han mudado a los suburbios. Las afueras de la ciudad son grises, incluso si el sol brilla en estos lugares, la vieja manera de vivir hecha de miedo y compromisos prospera fértil en los márgenes, contradicciones de una mentalidad que surge en la ilegalidad y que profesa la ignorancia como un sello en los tiempos.
Nápoles es una ciudad compleja.
Podría definirla como un cuadro lleno de colores que alguien dejó caer distraídamente al suelo y  distraídamente es pisoteado repetidas veces. Los problemas reales y graves como la ilegalidad, las infraestructuras decadentes, los servicios mal organizados, la corrupción, el abusivismo, el tráfico, la falta de espacio y la percepción de seguridad hacen que esta ciudad sea tan hermosa como maldita.
Salí de mi país tan pronto como tuve la oportunidad. Mis raíces tienen forma de piernas y estas han viajado por el mundo en busca de un ambiente más tranquilo y natural. Pero traigo conmigo los colores y los olores de mi tierra: el verde de los pinos, el rosa de las adelfas y el azul del Mediterráneo, incluso el gris del smog, el negro de la ignorancia y el azul de la melancolía de una tierra que lucha por la belleza y clama por lo feo. Caras diferentes de la misma realidad que se unen en una sola imagen, maltratada pero que no deja de brillar, probablemente por la fuerza de las personas mismas que aún la aman. Un lugar único…, el único lugar donde nací.
Nápoles es mi ciudad.

Mi ciudad: Pavía

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Antes de establecerme en Gran Canaria, viví en diferentes ciudades de Italia, pero al cumplirse mi vida laboral, elegí vivir en Pavía, una ciudad medieval cerca de Milán, que reunía todo lo que estaba buscando: tranquilidad, naturaleza, una oferta cultural muy vivaz y un río espectacular: el Ticino, el río azul. Fue un cambio notable, porque la gente de Pavía es la más tradicional de toda la región, un poco cerrada en sus tradiciones, muy campesina todavía, estando Pavía circundada de arrozales, pero pronto me di cuenta de que, con solo una sonrisa, se abrían todas las puertas, y detrás de las puertas se encontraban tesoros de amistad, de arte, de historia, de cuentos, y de magia, ¡todo un mundo por descubrir!
Pavía es una ciudad púdica, esconde sus joyas en las estrechas calles de piedras antiguas, en sus iglesias fundadas por los Longobardos en el siglo X, repletas de obras de arte gótico, en su antigua Universidad, famosa desde el siglo XVII por las investigaciones científicas más avanzadas de Europa en Medicina y Electricidad, en sus residencias nobiliarias que albergan, en los patios interiores preciosos jardines con fuentes y plantas exótica. Allí está La Certosa de Pavía, maravilla de mármol, mausoleo erigido por Galeazzo Visconti en memoria de su esposa Isabella d’Este, que murió de parto con solo 21 años, ¡un Taj Mahal italiano, diría yo!
Y la magia del agua… Yo no puedo vivir feliz si no estoy cerca del agua y allí brillaban los atardeceres incendiando el agua de los arrozales; el Ticino, majestuoso, con sus playas de arena, sus orillas verdes, sus rincones salvajes llenos de aves; ¡las acequias de agua clara diseñadas por Leonardo!

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Entonces, ¿qué pasó? ¿Por qué al final dejé este lugar tan bonito, que lo tenía todo? Bueno, no me lo podía creer, cuando mi médico me dijo que allí había demasiada agua para mis huesos; que la humedad me estaba afectando hasta los ligamientos; que, si necesitaba agua, tenía que ser agua viva, movida por el viento, no el agua plácida del río, o el agua inmóvil de los arrozales. Todavía me acuerdo que añadí a tanta agua también mis lágrimas…y empecé a buscar un sitio con agua y viento a rebosar. Así encontré Canarias, ¡y empezó otra historia!

Mi ciudad: Mantua

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Me crié en Mantua (Mantova), una pequeña y antigua ciudad de la región Lombardia que presenta una cantidad paradójica de arte para su tamaño, tanto, que en 2008 fue declarada Patrimonio Mundial de la Humanidad por la UNESCO. Tuvo su máximo esplendor durante el Renacimiento, cuando fue gobernada por la potente familia de los Gonzaga. Entre los tesoros artísticos que más merecen una visita destaca el Palacio Ducal de Mantua, un conjunto de varios edificios antiguamente conectados entre ellos a través de pasillos y galerías. Es uno de los conjuntos museísticos más extensos de Europa, una ciudad-palacio de casi 35.000 metros cuadrados. Otro sitio que ver imprescindiblemente es el Palacio Te, la residencia estival de los Gonzagas, con sus Salones de Los Gigantes, de Los Caballos y de Amor y Psiche.

La ciudad está rodeada por tres lagos que regalan una vista encantadora llegando desde el Puente de San Jorge (Ponte di San Giorgio).Desafortunadamente está ubicada en la Llanura Padana, conocida también como Valle del Po, una región geográfica con un clima poco agradable, muy húmedo y con temperaturas altas en verano y bajas en invierno. Para evitar la niebla y el bochorno padanos es aconsejable visitar Mantua durante la primavera o el otoño cuando se pueden recorrer los lagos en bicicleta admirando las flores de loto en flor.

Los amantes de los libros no deberían perderse el Festivaletteratura que atrae a los mejores escritores cada año durante el mes de septiembre y se ha convertido en uno de los festivales de literatura líderes en el mundo.

Además del arte, otro aspecto importante de mi ciudad es el amor por la cocina tradicional. Cuando se trata de comida me pongo bastante patriótica, y en Mantua se pueden saborear dos platos tan ricos cuanto antiguos, los “Tortelli di Zucca” (ravioles de calabaza) y la “Torta Sbrisolona”, un dulce seco con almendras que no se puede probar sin acabarla.

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Así descrita, puede parecer una ciudad casi perfecta, bella y pequeña, y quizás en el pasado lo fue. De hecho, hasta los años 50 Mantua era esencialmente un pueblo granjero, pero luego construyeron fábricas a orillas de los lagos, hoy conocidas como Polo Químico, que han causado alta contaminación de suelo y acuíferos.

Mi ciudad: Rotterdam

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Quién sabe, posiblemente fue mi ciudad natal la que siempre me ha inspirado para seguir adelante y encontrar nuevos horizontes.

Nací en la ciudad de Rotterdam, en ese momento el puerto más grande del mundo. Eso significaba mucho tráfico internacional, extranjeros y caminatas en el puerto viendo embarcaciones que iban y venían. La mayoría de ellos venían de lugares muy exóticos.

Todo ello despertó en mí una inquietud; quería irme, siempre quiero irme en busca de un tiempo perdido y perdido para siempre… Momentos de ver los barcos que pasan y todavía creer que todo es posible.

Hasta ahora, sigo creyendo que todo es posible y que no estamos limitados a un solo lugar, podemos sentirnos como en casa adonde vayamos, el lugar no es importante, es lo que sentimos por dentro y depende de las personas que también estamos cerca.

Como niña de ciudad, prefiero las grandes ciudades para vivir y siempre busco una ciudad cerca del mar. Me gusta sentarme en el puerto observando los barcos porque me devuelve sentimientos y pensamientos nostálgicos sobre mi infancia que se desvaneció hace mucho tiempo. Ahora que he llegado a la mediana edad debería pensar en establecerme, pero siempre hay una llamada dentro de mí para ir a buscar horizontes más amplios…

Mi ciudad: Pompeya

Pompeya es una pequeña ciudad italiana con 25.180 habitantes. Se encuentra en el sur de Italia, en la provincia de Nápoles. Es conocida por su antigua ciudad enterrada en el año 79 d. C. por la erupción del Vesubio, un volcán todavía activo.

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Desde el siglo XVIII, los restos de la antigua ciudad romana se han ido sacando a la luz: pinturas, mosaicos y edificios, lo que ha permitido la reconstrucción del estilo de vida en la época romana. El sitio arqueológico de Pompeya, junto con el de Herculano y Oplonti, fue declarado  Patrimonio de la Humanidad en 1997 por la UNESCO. La moderna Pompeya fue después de la construcción del Santuario de la Santísima Virgen del Rosario en 1892 y su fundador abogado Bartolo Longo fue proclamado beato el 26 de octubre de 1980 por el Papa Juan Pablo II. La basílica es uno de los destinos italianos más visitados por los muchos milagros “por gracia recibida”.

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El 8 de mayo y el primer domingo de octubre, habrá días importantes para la ciudad porque habrá peregrinaciones con motivo de la súplica a la Virgen, que es la oración que Bartolo Longo escribió sobre la ciudad para la Virgen del Rosario.
La ciudad está llena de bares, restaurantes y pizzerías, pero no tiene cine ni discoteca, aunque hay una gran plaza donde se organizan grandes eventos.

Mi ciudad: Mesina

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Mesina, mi ciudad, es conocida como la puerta de Sicilia, por su ubicación estratégica entre las costas calabreses y siciliana, en el homónimo estrecho. Mesina atesora una larga historia debido a la importancia que tuvo durante varios siglos su puerto comercial. Por allí pasaron griegos, árabes, romanos, normandos y españoles, cada uno dejando huellas en la arquitectura, en la gastronomía, en el idioma y en la gente.

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Desgraciadamente, lo que queda de la historia de mi ciudad es mucho menos que lo de las otras provincias sicilianas porque en diciembre de 1908 ochenta mil mesineses murieron durante el terremoto y consecuente tsunami que además destruyeron casi completamente el patrimonio histórico de la ciudad del estrecho. Desde aquél momento ya nada ha sido lo mismo en una ciudad que todavía hoy es huérfana de sí misma, pero que sigue guardando en algunos rincones el esplendor antiguo de la ciudad de mar, dinámica y cosmopolita que fue durante muchos años.

Mi ciudad: Florianópolis

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Florianópolis es la capital de la provincia de Santa Catarina, situada en la región sur de Brasil. Tiene una población de aproximadamente 400 mil habitantes. Es una isla muy linda con mucho verde y muchas playas, nada menos que cuarenta y dos. Las más conocidas se llaman Joaquina (donde se pratica mucho el surf), Jurerê Internacional, Ingleses, Campeche y Barra da Lagoa. En verano la ciudad se llena de turistas, sobre todo los gauchos que vienen de Rio Grande do Sul, Argentina y Uruguay. El clima en Floripa (como es cariñosamente llamada por sus moradores) es muy bueno, llegando a los 35º en verano y a los 5º en  invierno. No suele nevar allí.
Infelizmente el tráfico en la capital es caótico y el transporte público no funciona bien. Hay tres puentes para entrar y salir de la isla pero uno de ellos, llamado Hercílio Luz (que es el símbolo del municipio), lleva más de veinte años en obras.
Hay una gran oferta de bares y restaurantes y la gastronomía está basada en el consumo de pescado, pero hay de todo, restaurantes italianos, japoneses, chinos y las “churrascarias” donde se come el churrasco (parrillada).
En los deportes, destacan dos equipos de fútbol, el Avaí y el Figueirense, que tienen una gran rivalidad.