Aires canarios #9 – Inma

Si es verdad que los animales se parecen a sus dueños, en este caso vale más lo contrario. Tiene los ojos brillantes y pardos, como el persa que la sigue a menudo, el pelo rizado y canoso fresco de peluquero cada jueves; la piel del rostro arrugada por el sol y el mar. Fue ella la que me abrió la puerta del edificio el primer día que me mudé a esta casa. “Buenos días y bienvenida, mi niña, yo también soy extranjera aquí, soy de Tenerife”, me dijo.
La vecina de abajo, la que lo sabe todo, de pasos lentos y miradas silenciosas. Muchas veces me pareció verle las marcas de la mirilla en vez de las ojeras. Con frecuencia me la encuentro en el portal, conoce los movimientos del edificio entero. Seis pisos, dos familias por piso y ella conoce los horarios, los invitados, las costumbres y mucho más de los demás. A pesar de su complexión y su edad indefinida, muchas veces me parece muy ágil en pegárseme a la espalda cuando menos me lo espero. Jovial, cariñosa, cada dos palabras aparece un Dios. “Hasta luego señora Inma”, “Hasta luego cariño, si Dios quiere”.

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