Restaurante bodegón Vandama: un entorno único en Gran Canaria

Por Maria Morena

El domingo – cansados del caos de la ciudad – decidimos disfrutar de la naturaleza de las medianías de Gran Canaria, sin alejarnos mucho de la ciudad.  Por eso, nos dirigimos hacia el Monte Lentiscal y elegimos el “Bodegón Vandama”, un restaurante rodeado de una preciosa finca de viñedos y naranjeros, en un pequeño valle volcánico dedicado a los cultivos.  El local, ubicado en una bodega bastante antigua, es muy bonito y acogedor tanto en el interior como en el exterior.  Dispone de dos amplias terrazas exteriores, de una sala interior con chimenea, diseñada en un antiguo establo, y de un coqueto jardín equipado con juguetes para los niños.

El menú es variado y no es fácil decidirse por un plato: evidentemente, su seña de identidad es la preparación de carne a la parrilla. No obstante, ofrece también alternativas que puedan ajustarse al paladar de los que prefieren no comer carne: desde entrantes vegetarianos a pastas y arroces, además de una amplia oferta de quesos a la parrilla. Cuenta, también, con vinos de cosecha propia.

Nos comimos un chuletón que se derretía en la boca, acompañado de guarniciones de verduras de producción propia asadas a la parrilla; y para acompañar, saboreamos un tempranillo compuesto por una mezcla de uvas listán negro, listán blanco y moscatel, que nos dejó encantados.  Nos hemos sentido fantásticamente atendidos en este bonito restaurante: el personal es amabilísimo, profesional y simpático; los productos son de calidad (algunos de ellos de la propia finca); el vino nos pareció fabuloso. Realmente vale la pena pasar un buen rato y dejarse mimar por el equipo.

En definitiva, servicio muy atento y comida de calidad con precios bastante razonables en justa relación con el nivel del restaurante; todo ello en un entorno único para quien desea alejarse del ruido de la ciudad.

Restaurante Copacabana

Por Thiago Aquino Gomes

En marzo, mi pareja y yo pasamos delante de un restaurante que llevaba la bandera de Brasil en su fachada, nos llamó mucho la atención y posteriormente, decidimos ir a conocerlo. Nos quedó curiosidad por saber si quienes lo llevaban eran brasileños y cómo sería comer la comida brasileña lejos de nuestro país.
El Copacabana está situado en la Calle Tomás Miller, a dos manzanas de la playa de Las Canteras, muy apropiado para comer y aprovechar para dar un paseíto.
Llegamos a las 14h para almorzar y aunque sea un sitio pequeño, había un par de mesas libres. Preguntamos si tenían trona para la niña y contestaron que sí. Para empezar, pedimos una caipiriña de limón y estaba muy rica. Eché un vistazo mientras la preparaban y vi que la marca de la “cachaça” que usan es la Velho Barreiro, que, pesar de no ser la mejor, es la de toda la vida.
Posteriormente pedimos el plato principal, pues en Brasil no se suelen pedir entrantes. Elegimos la tradicional “Feijoada” que son alubias, preparadas con carne de cerdo y ternera. También pedimos “Mandioca” (yuca) de guarnición, una ensalada y un refresco muy típico de guaraná.
La decoración no está mal, tienen las típicas fotos de motivos para recordar Brasil, como el Cristo Redentor de Río de Janeiro. Por otro lado, no me gustó mucho la música que sonaba, que era música brasileña, pero un género musical (el Pagode) que a mi no me gusta. Me hubiera encantado escuchar algo de Bossanova o MPB (Música Popular Brasileira).
En definitiva, la comida estaba muy rica y bien preparada, a un precio razonable. De la pareja que lleva el local, la mujer es brasileña y tienen muy buena atención al cliente. Una buena alternativa para quien quiera conocer la comida brasileña.

Il Segreto di Pulcinella, la mejor pizza en Las Palmas

Por Gloria Buzzi

El domingo pasado fui con mi familia a dar un paseo por Las Canteras y paramos para comer en nuestra pizzería favorita, Il Segreto di Pulcinella. Descubrimos este sitio hace un par de años y, desde entonces, cuando queremos una buena pizza, siempre vamos allí. Se encuentra a unos pasos de la Puntilla y, aunque el local sea bastante pequeño y no quepan más que 35 o 40 comensales, esperando un rato se puede comer también sin haber reservado.
El restaurante se asoma a una calle peatonal, donde hay una terraza con algunas mesas que, en mi opinión, son los mejores sitios porque dentro las sillas están muy pegadas, el espacio es muy estrecho y un poco incómodo cuando hay mucha gente.
Sin embargo, cuando entras vives la sensación de estar en un verdadero restaurante napolitano: las paredes están decoradas con imágenes partenopeas, hay un horno de leña a la vista y música italiana de los años 80 (a veces demasiado alta).
El servicio es rápido, a pesar de las pocas mesas hay muchos empleados tanto en sala como en cocina así que la espera no es muy larga. La pizza, cuya masa es fragante y ligera, representa el punto fuerte de este restaurante; no obstante, la carta ofrece una selección variada de platos preparados con pasta fresca, excelente pescado y quesos típicos campanos como la mozzarella de bufala.
Para terminar, es imprescindible saborear un buen postre casero, entre los que destacan la pastiera y el babá al ron, una suave delicia.
En definitiva, es un lugar sencillo, que quiere ofrecer a sus clientes una atmósfera relajada y una cocina que apunta a la autenticidad, sin buscar la innovación, sino una comida de calidad. Todo ello a un precio justo y más que razonable, sobretodo  si se compara a otros falsos restaurantes italianos de la ciudad. Indudablemente, recomiendo este restaurante.

Los Almácigos

Por Lara Tarr

Un amigo nos recomendó hace tiempo el restaurante Los Almácigos que se ubica en el barranco de Guayedra a la salida de Agaete hacia el sur de Gran Canaria. Cuando por fin nos tocó un fin de semana libre, fuimos allí a almorzar, y la verdad es que la experiencia superó nuestras expectativas.

La entrada del restaurante se encuentra escondida al borde de la carretera GC200, y enseguida se nota que forma parte de una finca ecológica. Mientras aparcamos, nos dieron la bienvenida unos pavos reales espectaculares. Ni siquiera pude sentarme en la mesa sin dar un paseo por el entorno mágico lleno de huertos y fuentes, todo ello con un aspecto muy natural. Nos sentamos en la terraza, muy bien decorada con sombrillas de paja, madera y toques de color, con vistas al majestuoso barranco de Guayedra que da al bosque de Tamadaba.

Lo que le falta a la carta en variedad de selección, lo gana en calidad. La carta se constituye principalmente en platos de carne y verduras, con una propuesta de ensaladas, croquetas y otras tapas para picar. El almogrote casero que pedimos de entrante nos pareció muy rico. No suelo pedir ensalada, pero la ensalada de la casa no nos decepcionó, resultando fresca con sus deliciosas frutas de temporada de la finca. Compartimos la enorme costilla de ternera como plato principal, acompañada por unas papas arrugadas y pimientas a la brasa. La carne estaba jugosa y tierna y las verduras sabrosas. Ya que estábamos celebrando un cumpleaños, había que dejar hueco para postres. Nos deleitamos probando la Sorpresa de chocolate que nos sorprendió con su riqueza casera.

En definitiva, con un servicio más que aceptable y una calidad de cocina muy alta, todo ello en un entorno encantador y tranquilo, Los Almácigos nos impresionó mucho. Sin lugar a dudas, la experiencia nos dejó con ganas de repetir, aunque los precios un poco altos podrían impedir que volvamos hasta la próxima vez que celebramos una ocasión especial.

Mi ciudad: Cabudare

Por Philip Stavenhagen

Cabudare es una ciudad pequeña cerca de Barquisimeto, Estado Lara en la zona Central Occidental de Venezuela. Tiene una población de aproximadamente unas  75.000 personas. Era el centro del cultivo de caña de azúcar la cual sería enviada al  centro azucarero El Tocuyo.

Todavía Cabudare tiene un mercado en las calles todos los miércoles y los sábados donde se puede comprar de todo: vegetales, frutas, carnes y pescados, quesos y ropa.

Es una ciudad importante para las artes porque tiene un Ateneo bastante grande donde se realizan muchas actividades culturales diversas artísticas, musicales y de danza.

La ciudad no es bonita, no hay casas históricas casi todas son “normales”,  nada especial. No hay centros comerciales, solamente supermercados, edificios de diez pisos y muchas urbanizaciones con seguridad (cerradas, con la entrada principal vigilada). Una cosa importante es que, como en todas las ciudades venezolanas, hay una plaza Bolívar, bastante bien cuidada, donde mucha gente se reúne y habla. La plaza Bolívar es, para mí, el centro de la ciudad porque siempre hay mucha vida y movimiento y cerca hay un árbol muy grande donde niños y adultos se reúnen pare hacer actividades del Ateneo, y el árbol es un  Laurel de la India, que tiene mucha sombra y es precioso.

Cabudare tiene carácter pero no se puede definir de dónde viene o cómo es.

Mi patria chica #18

Por Minna Piri

Los abedules a ambos lados del camino.
Salimos temprano de casa, mi hermana y yo, para llegar bien a tiempo.
Los lirios del valle huelen a este día en particular. Al último del colegio.
El aire se siente como un nuevo comienzo al que el verano nos llevará.
Y cuando nos encontremos de nuevo, después de dos meses, ya llegarán a la pizarra Mikko y Anna también, los chiquititos de la clase.
La profesora nos da una bolsita de caramelos a cada uno y un abrazo fuerte. ¡Que lo pasen bien!
El verde que nos rodea brota en miles de tonos. Para nosotros, la primavera solo existe un día, hoy. Mañana nos despertaremos en verano.
En el camino a casa hacemos el plan: montamos la caseta en el jardín y dormimos todo el verano ahí. Sí, ¡yupi! A ver si mamá nos deja. Le llevamos unos lirios del valle, por si acaso.
Nosotras dos caminando llenas de entusiasmo. El invierno está lejos atrás, el año ha dado otro giro, somos un año mayores que ayer. Los abedules se mueven en el viento fresco de primavera. Sus hojas balanceándose suavemente.
Ahora, 30 años después, lo veo, ahí está mi patria chica. En los recuerdos tan dulces como los caramelos del fin de curso.
Ahí los abedules siguen balanceándose, los lirios del valle siguen oliendo y el mismo camino está pegado a la tierra como un tronco. No desaparecen.

Restaurante biocrepería “El Risco Caído”

Por Sulaco 62

Entrando en Artenara, pequeño pueblo en la cumbre de Gran Canaria, justo en la carretera que lleva al parque Tamadaba, encontramos el restaurante biocrepería “El Risco Caído”.

Los dos propietarios, Neus y Sergio, una pareja de mediana edad, llevan desde unos años este pequeño paraíso culinario, donde los ingredientes estrictamente biológicos y ecológicos se unen para dar delicia al paladar de los visitantes de la zona.

Al subir unos pocos escalones, se nos presenta Sergio, que con amabilidad y con su voz tan calmada, después de habernos sentado, nos presenta el menú del día, que todos los días es diferente y depende siempre de los productos cosechados el día anterior.

Aunque no sea fácil decidir entre la variedad de sabores, los consejos de Sergio ayudan a elegir lo mejor para el propio gusto.

Y aquí empieza la magia, entra en juego la segunda y no menos importante protagonista de nuestra historia, Neus la chef, que prepara con productos locales y de temporada, deliciosos crepes salados y dulces, veganos o vegetarianos, dependiendo del paladar, como primer plato, con recetas imaginativas y muy sabrosas.

Los entrantes, normalmente sopas, frías estilo gazpacho en verano y calientes en invierno, preparan el estómago a los siguientes platos con suavidad y delicia y todo siempre acompañado por bebidas biológicas como la limonada natural con semillas de maracuyá.

Claramente necesitamos dejar espacio a una extensa variedad de postres exclusivamente naturales y biológicos, sin dejar de lado los crepes dulces, con chocolate casero y naranja amarga, o el de nueces tostadas y miel.

Un último pero útil consejo, reservar no es necesario pero se agradece, también porque poder sentarse en la terraza con vistas a la montaña y disfrutar de la brisa y de la tranquilidad del lugar, no tiene precio.