Mi patria chica #18

Por Minna Piri

Los abedules a ambos lados del camino.
Salimos temprano de casa, mi hermana y yo, para llegar bien a tiempo.
Los lirios del valle huelen a este día en particular. Al último del colegio.
El aire se siente como un nuevo comienzo al que el verano nos llevará.
Y cuando nos encontremos de nuevo, después de dos meses, ya llegarán a la pizarra Mikko y Anna también, los chiquititos de la clase.
La profesora nos da una bolsita de caramelos a cada uno y un abrazo fuerte. ¡Que lo pasen bien!
El verde que nos rodea brota en miles de tonos. Para nosotros, la primavera solo existe un día, hoy. Mañana nos despertaremos en verano.
En el camino a casa hacemos el plan: montamos la caseta en el jardín y dormimos todo el verano ahí. Sí, ¡yupi! A ver si mamá nos deja. Le llevamos unos lirios del valle, por si acaso.
Nosotras dos caminando llenas de entusiasmo. El invierno está lejos atrás, el año ha dado otro giro, somos un año mayores que ayer. Los abedules se mueven en el viento fresco de primavera. Sus hojas balanceándose suavemente.
Ahora, 30 años después, lo veo, ahí está mi patria chica. En los recuerdos tan dulces como los caramelos del fin de curso.
Ahí los abedules siguen balanceándose, los lirios del valle siguen oliendo y el mismo camino está pegado a la tierra como un tronco. No desaparecen.

Mi patria chica #17

Por Monique Weberink – van Kluiven

Mi patria chica es la biblioteca de mi padre…
Me ha dado tranquilidad y me ha estimulado a irme y descubrir el mundo.
Me ha enseñado a no temer la realidad porque siempre está la imaginación.
Me ha dado la oportunidad de transportarme a través de mi mente a otros lugares, culturas y mundos.
Me ha dado un lugar donde esconderme y sentirme feliz y segura.

Mi patria chica #16

Por Grecco Antoniewicz

¿Dónde estás?
Mi corazón roto, las pupilas dilatadas, la vista fija, quieta, sin palabras…
¿Dónde te has metido?
Tantas pisadas por el mundo entero dejando las huellas por si huele a mi soledad.
Si eres femenina, pienso que te quería, aunque ese sentimiento a menudo se aleja en el tiempo.
Tu masculinidad me hizo la cáscara arrugada y dura. Me convierte en un personaje que no quiere quererte por tu caradura.
Pequeña o grande, sin importar el tamaño, apareciste en mi vida para acompañarme, pero me echaste a patadas en plena primavera.
Desde aquel verano ya me rodea tu compañera, dando saltos en la tierra lejana.
Me habla, me escucha, seca mis lágrimas… cuando tú callada, de nuevo me atacas e insultas.
Solo quieres que te sirvan, los pilares son la obediencia y una especie de tortura.
A la gente como yo se le acusa por no poder cumplir tus absurdos mandados.
Mi patria chica rodeada de las alas alegres me invitó hace ya varios años con la mente abierta y con la flor en la mano.
¿Envidias mi nueva amante?
No te odio, ni te siento. Se terminó nuestro romance.
Mi patria empieza con la H.
Y tú enfadada por perder a un esclavo, que simplemente quiere vivir digno y libre de lo que hace.

Mi patria chica #15

Por Sulaco 62

Hablar hoy por hoy del lugar donde nací ya no tiene sentido porque lo dejé desde muy pequeño, pero sí  que  puedo describir mi patria chica, el lugar donde crecí y que tuvo mucho que ver con el desarrollo de mi carácter e identidad, en particular modo donde di mis primeros pasos hacia un mundo, donde las aventuras, dolores, risas y llantos dejaron huellas en el niño que ahora escribe como hombre.

El barrio donde me crié estaba en aquel tiempo en una zona periférica de Turín, capital de la región Piemonte y ciudad industrial que en los años 60 era una de la más grande del norte Italia.

Este barrio durante mi infancia  era un lugar bastante campestre, un barrio obrero donde la inmigración había llegado con contundencia desde el sur de Italia, gracias al boom económico de la industria automovilística.

Tengo recuerdos muy vivos de la guagua llena de gente que bajaba a la parada situada en frente de mi casa, personas con la mirada cansada, los hombros curvos, la mochila con la fiambrera vacía y el olor a taller mecánico; durante ese periodo trabajar en fábricas era una labor muy dura, las cadenas de montaje destrozaban los cuerpos, pero mientras más se trabajaba más te pagaban.

Recuerdo las manos del papá de un amigo mío, llenas de callos y heridas, y recordaré siempre mis palabras hablando con mis padres…: “yo nunca seré así, yo nunca llevaré este tipo de vida” porque, pensaba,  tiene que existir otra manera de vivir sin perder  la vida a poco a poco en los engranajes de la industria.

Por suerte así fue;  mi familia no navegaba en el oro, tenía una pequeña tienda de ropa, pero los grandes sacrificios de mis padres me ayudaron en el desarrollo de mi infancia dándome la posibilidad de estudiar en colegios donde la educación era bastante buena.

Claramente todas las monedas tienen otra cara, si por un lado las escuelas ayudan a desarrollar las capacidades e inteligencia,  por el otro limitan todos  aquellos aspectos del individuo que no entran en sus parámetros.

Volviendo a los años de oro de mi infancia, nuevo amigos nuevas aventuras, y así como yo crecía y cambiaba también el barrio cambiaba conmigo, un edificio nuevo cada mes nacía donde antes  había  campos en los cuales mis amigos y yo jugábamos a fútbol y la nuevas construcciones se trasformaban en nuevas aventuras de exploraciones, y creo que fue en aquel periodo cuando descubrí  lo que es  tener miedo de verdad, porque la obra donde íbamos a explorar tenía un guardia que nos persiguió como un loco, pero esa es otra historia.

En fin, el hogar de mi vida está en mi corazón y el lugar donde forjé mi identidad y me hizo salir adelante hoy por hoy ya no existe, los campos, los árboles, el río y el pequeño lago han dejado el espacio a los edificios y a las carreteras, que cubren lo que antes era mi patria chica.

Todavía la llevo en mi corazón como una marca indeleble que nuca se borrará.