El mar #4

Por Laura Zoppo

Muchos momentos felices de mi vida están ligados al mar.

Los recuerdos más lejanos se remontan a cuando, de niña, solía veranear en un lugar marítimo. Y como si fuera hoy, evoco las risas y los chillidos de mis primas y primos, jugando conmigo en el mar, todos juntos. Así fue como, increíblemente, chapoteando y coqueteando entre las olas espumosas, logramos mantenernos a flote. Y luego nos lanzamos a nadar. Por supuesto, mis tías velaban por nosotros en todo momento. Además, uno de mis tíos organizaba pequeñas competiciones de natación de todos los estilos y planeaba diferentes entretenimientos y juegos que nos alegraban muchísimo, por ejemplo, la carrera de resistencia bajo el agua, sin respirar, etc.

Lo cierto es que a mí siempre me ha molestado el agua salada entrándome por la nariz y sigo sin soportarla. Sin embargo, nunca me he decidido a acudir a clases de natación, aunque sé que así podría superar esta y otras limitaciones. Quizás sea que me cuesta corregir esta actitud espontánea y jovial por la que, a la vez, amo y temo al mar.

El mar #3

Por A. P.

Recuerdo una historia que me pasó hace diez años, en septiembre 2012, en el mar Adriático entre Croacia y Montenegro. Estaba trabajando con mi entonces futuro marido para la empresa de sus padres, en un velero donde él era el capitán. Era la temporada de las tormentas, causadas por los vientos bruscos que bajan de las montañas debido al cambio de temperaturas.

En la administración de la marina de Cavtat (Croacia) habíamos recibido el aviso de la tormenta y la recomendación de quedarnos en el puerto. Pero no hicimos caso a la alarma por la obligación de desplazar el barco al punto de recogida de un cliente el día siguiente.

En el momento de la salida las olas estaban aumentando. Yo no imaginaba todavía lo que me esperaba. Ya había salido en algunos temporales, y creía que este era uno normal y corriente.

Mientras más nos alejábamos de la costa, más se incrementaba la resistencia de los motores contra la fuerza del mar. Iba creciendo la amplitud de las olas, y al cabo de un cierto tiempo ya dudaba si habíamos tomado la decisión correcta.

Se notaba que al barco le costaba ir contra el viento como nunca, iba muy lento, aunque con ambos motores, y hacía ruidos sospechosos. Era un catamarán con sus dos lados, con un par de camarotes en cada uno, con un salón en el centro, donde estábamos dirigiendo el barco con la ayuda del sistema de autopiloto y donde nos refugiábamos de las salpicaduras del mar y de los golpes bruscos del barco provocados por los saltos de una ola a otra. Llegó un momento en el que experimenté el estado de ingravidez, porque literalmente el catamarán estaba volando entre el extremo de una ola y el inicio de otra.

Fue entonces cuando dejé de percibirlo como una atracción de montaña rusa y me puse a pensar cuánto aguantaría el catamarán antes de partirse en dos barcos sin vela. Me sentía una astilla en el mar. Una hormiga ante el elemento salvaje de agua.

Y por un instante se me ocurrió un pensamiento que se me clavó y permanece en mi cabeza como una foto de un acontecimiento que marcó un antes y un después en mi vida. Como un cuadro en la exposición de los hechos de mi biografía expuesto en la sala principal.

Dicen que antes de morir ves una película de todo tu pasado en versión acelerada. Yo lo sentí como el último momento de mi existencia, pero no vi el pasado. El cuadro «Novena ola» del pintor ruso Aivazovski, es lo que recordé yo, mirando el sol de color esmeralda, deslucido, atravesando la ola que estaba elevándose por encima del barco, y lo único que pensé fue: «Qué bonita será la muerte».

Afortunadamente, entonces sobreviví y el día siguiente pisé la tierra. Fue mi bautizo marítimo y el inicio de otra página de mi vida.

El mar #2

Por C.

El ruido de las olas que se repite siempre igual me produce un estado mental parecido a la meditación, me calma y me ayuda a reflexionar. Mirando el color verde azulado del mar el latido de mi corazón se ralentiza y todo es paz y claridad.

El mar es como la vida, pero más simple, porque se extiende brillante y no dice ni pide palabras. Un silencio que, como una ligera y fresca brisa de verano, aleja las nubes de mis angustias. El mar es maravilloso, lo miro, lo huelo, lo escucho, y él lo sabe y me envía suavemente sus olas espumosas hasta la orilla a recogerme y me invita a participar.

Sumergida en el mar me siento libre: quedarme, flotar, nadar, ir donde el agua es más profunda y fresca, moverme sin miedo, dejarme llevar. Sumerjo todo mi cuerpo y mis ojos están cerrados, porque la belleza no tiene solo necesidad de ser mirada, tiene también que ser vivida sobre la piel… Y no pienso más, porque por un momento tengo todo lo que necesito.

El mar #1

Por Andrew Stephens

PRIMEROS RECUERDOS

Medio dormido… Bajando la escalera por la mañana, con mi madre. En la mesa de la cocina veo un enorme plato de almejas -vivas, en movimiento-, intentando escapar de su destino. ¡Qué fascinante!

¡A la playa! Hago un castillo de arena amarilla con mis hermanos, pongo una bandera de papel en la torre… y me caigo encima. ¡Qué vergüenza! ¡Qué placer!

Más tarde… Mirando la puesta de sol, de repente, en la distancia avisto decenas de personas flotando en el cielo, poco a poco bajando contra una luz de oro hacia el mar. ¿¡Qué raro!?

Saint-Michel-en-Grève, Bretaña, Francia, 1958.

Aires canarios #10 – Mi amigo

Por Mariana R.
 
 Él es mi amigo,  
 al que ahora investigo.
 Ovalada es su cara,
 no tiene ninguna tara.
 De manera más concisa,
 siempre tiene una sonrisa.
 Su tez es de caramelo,
 en la lengua ni un pelo,
 ni en la cabeza,
 y no conoce la pereza.
 Su sangre tiene,
 más que la mía,  
 gran cantidad  de alegría,
 muchas fiestas,
 romerías.
 Será por culpa de su apretado pantalón,
 que le salió el corazón,  
 así le ves su alma, 
 la lleva siempre en la palma.
 
 
 
 

Aires canarios # 8 – Mi amigo Miguel

Por Annamaria Precipuo

Estaba esperando al fontanero. Sonó el timbre. Nada más abrir la puerta, me quedé boquiabierta: allí estaba el mismísimo Don Quijote, tal cual lo dibujara Doré: figura escuálida, nariz aguileña, enormes bigotes, ojos inquietantes y larguísimas piernas. Solo le faltaba la lanza. “¿Tiene usted una avería?”, me preguntó impaciente con voz inquisitiva. En dos zancadas se adentró en el piso. Desconcertada, intenté explicarle que el grifo de la ducha perdía agua. “Vamos a por ello”, dijo, con el mismo ímpetu de un caballero andante. Desparramó en el suelo todas las herramientas de su maletín, examinó con lupa cada artefacto, sacudiendo la cabeza con suma desaprobación y, sin decir palabra, se puso manos a la obra. Entretanto, conseguí saber que se llamaba Miguel y que vivía en el edificio de al lado.

Me quedé en la cocina, resignada al desastre.

Después de media hora, Miguel salió del baño con aire triunfante, y dijo: ¡Ya está todo arreglado! Había arreglado el grifo, un tubo del termo, le había cambiado la goma al desagüe del lavabo y había revisado las luces del espejo. El precio del trabajo resultó ridículo.

Aliviada, le ofrecí un café italiano, que aceptó de buen grado, aprovechando para hacerme preguntas sobre mi vida. No tenía una actitud chismosa, más bien amistosa y protectora. Con énfasis caballeresco, me alertó sobre los obreros que estafan a las mujeres que viven solas. Bueno, aunque yo no tenga nada que ver con Dulcinea, su actitud atenta y respetuosa me hizo gracia.

Hoy en día, Miguel  y yo somos muy buenos amigos: dos solteros empedernidos, que valoran la libertad tanto como la amistad sincera y generosa. Tal vez vamos de senderismo juntos, y él me cuenta historias y tradiciones de su tierra; tal vez, cuando preparo la comida italiana que le gusta, lo invito a cenar. Es un hombre sabio y sencillo, orgulloso de sus raíces, un digno representante de su pueblo.

Aires canarios #7 – Feliz castillo de sal

Por Agata Szyplińska

A la primera vista es un ser leve en el tamaño del cuerpo, pero es fuerte en la musculatura, será porque el deporte rellena la mitad de su tiempo libre. Ya por las mañanas suele hacer medio maratón por el paseo de Las Canteras, seguido de un baño refrescante en el mar. Solo en esos momentos, con el cuerpo bien calentado, no se queja de la temperatura del agua. Nada hasta la barra, saluda a los peces y a los pepinos de mar escondidos entre las rocas y vuelve listo para empezar su día normal.

Ahora, saliendo del mar, se le ven bien los ojos pardos, las líneas de las cejas bien marcadas, el pelo desordenado, pero con un corte recién hecho y la barba bien arreglada. Las dosis regulares del sol, juntos con los alisios y la sal le han acariciado demasiado su piel de marinero, que ya está un poco cansada. Su aspecto, unido a la sonrisa inseparable, sigue siendo el de un adolescente, aunque tenga unos 40 años. Sobre todo cuando está en su entorno natural de la playa, con su bañador de colores vivos y de los pequeños, saludando amablemente a la gente desconocida. Difícil tomarlo en serio en estas situaciones.

Y se va a trabajar; su trabajo es poco exigente intelectualmente, pero físicamente sí es duro. Y aunque el sueldo tampoco le deja contento, no quiere cambiarlo, se ha acomodado a ese ritmo del día 5 del mes hasta el 5 del siguiente y a la cantidad de días libres que le dan. Sobre el día 30 le suelen quedar unos pocos euros en su cuenta, lo cual no le preocupa mucho, porque siempre puede contar con los almuerzos en casa de sus padres (con quienes igual pasa un rato cada tarde o por lo menos les llama) o de uno de su amplio grupo de amigos. Todos se apoyan y se quieren mucho. No le dejarían pasar ni hambre, ni soledad.

Ahorrar no sabeperdón, una vez lo intentó durante unos meses, cuando iba a comprarse la moto. No le salió bien, pues tuvo que pedirle un crédito al banco, que consiguió pagar solo al vender la moto, gastando al final lo que no merecía la pena. El dinero no le importa tanto, suele repetir mucho.

A veces dice que le gustaría viajar, pero siempre le falta dinero para hacerlo y, preguntado, resulta que al final tampoco le parece tan atractivo irse a un sitio menos cómodo y más frío de sus “islas de paraíso”. “Aquí lo tengo todo, ¿qué me falta?”, dice. Una vez fue a Madrid a un concierto de rock y otra a Barcelona a visitar a un amigo, 3 días. Hecho. El resto es el porvenir un día.

Ahora sale de trabajar y va a ver a unos amigos a tomar algo. Han quedado a las 18h, pero a esa hora todavía está saliendo de la ducha. Les escribe: “estoy llegando” o incluso no les dice nada, todos llegarán tarde o le esperarán tranquilamente.

Se van a saludar cariñosamente, reírse, quejarse un poco de los políticos o del dinero, contar unas anécdotas recientes. A uno de ellos le ha pasado otra vez algo, que nunca le sucedería a una persona como las del norte de Europa donde la prevención para sobrevivir se la tienen bien aprendida, a lo mejor por la imprescindible llegada del invierno: se ha quedado sin gasolina en la autopista y tuvo que llamar  a la grúa…

Luego, entre carcajadas, van a presumir un poco: quien ha tomado un reto nuevo en algún deporte o quien conoció a una chica. Pero nada serio, es solo para disfrutar de los colores de la vida, como en un baile.

Todo esto transmite un cierto tono de decadencia inocente, algo bohemio sin la profundidad sobrante del arte o  la filosofía, pero con su propia forma de creatividad cotidiana ligera y con la actitud del “aquí y ahora”. Todo le sale de forma natural, sin preocupaciones, perspectivas o planes grandes, al final es un genio en su mundo pequeño, perfeccionando el arte de disfrutar de la vida.

Aires canarios #6 – Un canario comprometido

Por Maria Morena

Su mirada es intensa, franca e incisiva; sus facciones, marcadas y fuertes; sus movimientos, armoniosos y elegantes. Su aspecto parece hablar de su personalidad. Es una persona abierta, generosa, altruista hasta el punto de olvidarse de sí mismo. Con él se puede hablar de todo, siempre tiene tiempo para ayudar, aunque sea solo escuchando.

Tiene una relación muy fuerte con su tierra de origen, Gran Canaria, y con su gente. Ama intensamente la tierra donde nació, y sufre íntimamente los destrozos realizados para favorecer las actividades turísticas. Se acalora contando cómo era Gran Canaria antes de que las familias “nobles y ricas” que la habitaban, con la complicidad de la dictatura franquista, se dedicaran a transformar el sur de la isla en lo que se ha convertido hoy: un frío y poco acogedor conglomerado de apartamentos y hoteles que conviven con amplios centros comerciales, repletos de tiendas y locales de ocio… Todo esto a expensas de los canarios que allí vivían, gestionando fincas que llegaban hacia el mar, expulsados de su tierra y obligados a sobrevivir trabajando en la nueva realidad que se les iba imponiendo.

Este hombre está muy orgulloso de sus orígenes canarios. Se le ve la tristeza en la mirada cuando cuenta de los sacrificios que la población tuvo que hacer para librarse de la pobreza y de la opresión de la dictadura. Al mismo tiempo, se le llena la cara de satisfacción cuando habla de la atávica amabilidad de los canarios, de los éxitos que consiguieron a pesar de todas las dificultades encontradas.

Era solo un niño cuando todo su mundo fue cambiando bajo su ingenua mirada. Al ver tanta prepotencia, sufrimiento, injusticia y opresión y, por otro lado, tanta resiliencia, decidió dedicar su vida a ayudar a los más desfavorecidos, actividad que todavía ocupa todas sus energías a día de hoy.

Aires canarios #5 – Enrique

Por Vanessa Matuzzi

Enrique es moreno, tiene una cara asimétrica con rasgos fuertes y proporcionados, sus ojos son oscuros y grandes, su mirada es profunda y muy expresiva, hasta tal punto que sus ojos hablan más claramente que sus palabras. Solo cuando desvía la mirada deslumbra su timidez. Su nariz parece pintada para su belleza. Tiene labios carnosos y cuando se ríe su cara transmite alegría. Le gustan los chistes y siempre intenta buscar el lado bueno de las situaciones.

Enrique es una persona creativa a la que le gusta reutilizar y construir, todo lo que toca lo transforma, dándole una nueva vida. Siempre se las ingenia para arreglar las cosas estropeadas.

Su gran amor por sus islas canarias lo tiene marcado en su piel con tatuajes de símbolos aborígenes, de la diosa Tara y de su nombre guanche, elegido por él mismo. A Enrique le gusta hablar de los orígenes históricos de su tierra y lo hace con orgullo.

Sus movimientos son armoniosos y se le nota que está dotado de fuerza física, por eso a él le encanta practicar el salto del pastor canario, o el brinco canario, un juego del larga tradición canaria. Gracias a esta pasión puede disfrutar de la belleza de la naturaleza que ofrece el archipiélago.

Creo que puedo afirmar, tranquilamente, que Enrique es un canario canario.

Aires canarios #4 – Néstor

Por Chiara Nardi

Es muy delgado, moreno, no es feo, tampoco guapo, y está orgulloso de sus orígenes árabes. Esa delgadez, unida a su manera de hablar en voz bastante baja, le da un aspecto inocente, de una persona en la que se puede confiar. Trabaja con los animales, perros, arañas y reptiles, y le dice a todo el mundo que los ama; sin embargo, aunque yo  llevo muchos meses ayudándolo en una perrera, todavía no podría afirmar si los ama de verdad, o si principalmente actúa por su propia conveniencia. Va diciendo que lee mucho, pero no creo que quiera hacer suyos los conceptos más profundos con los que se encuentra. Ama la música, cosas muy modernas principalmente, que le gusta poner a quien esté en el coche con él.

No puede evitar llegar tarde, y dejar a la gente esperándolo, creo que esto es debido a su inmenso amor propio. Su lado oculto lo descubrí solo poco a poco, sobre todo gracias al cuento de una conocida mutua: es un gran mujeriego, y todo ocupa un segundo plano con respecto a su objetivo principal. Claramente, para conseguir lo que quiere, no ahorra en mentiras, y no tiene reparos en incumplir su palabra. Le encanta estar sumergido en la naturaleza, y la de Canarias no le basta; su sueño es mudarse a Costa Rica y gestionar un hospital para animales. Un sueño muy noble, útil también para una sucia finalidad… De hecho, le viene muy bien como excusa para poner fin a sus relaciones.