El mar #5

Por Ilaria Simone

El mar te da.

El mar te quita.

Quienes no se han criado cerca del mar eso no lo van a entender.

El mar lo es todo.

Paz y tranquilidad durante el invierno; pura diversión durante el verano.

El mar trae vida, pero también lleva la sal, la que absorbe el agua, la seca las bocas. Bocas de quienes, con muchas ilusiones de una vida mejor, abandonan su tierra por mar. Yo he visto a mucha gente llegar por el mar, aprendiendo cosas de otras culturas, con el corazón como si fueran hermanos; he ido con ellos creciendo.

El mar toca muchos acantilados de tierras y pueblos de diferentes culturas y colores, pero todos con las mismas ganas de vivir la vida; vida que el mar da y quita.

El mar #4

Por Laura Zoppo

Muchos momentos felices de mi vida están ligados al mar.

Los recuerdos más lejanos se remontan a cuando, de niña, solía veranear en un lugar marítimo. Y como si fuera hoy, evoco las risas y los chillidos de mis primas y primos, jugando conmigo en el mar, todos juntos. Así fue como, increíblemente, chapoteando y coqueteando entre las olas espumosas, logramos mantenernos a flote. Y luego nos lanzamos a nadar. Por supuesto, mis tías velaban por nosotros en todo momento. Además, uno de mis tíos organizaba pequeñas competiciones de natación de todos los estilos y planeaba diferentes entretenimientos y juegos que nos alegraban muchísimo, por ejemplo, la carrera de resistencia bajo el agua, sin respirar, etc.

Lo cierto es que a mí siempre me ha molestado el agua salada entrándome por la nariz y sigo sin soportarla. Sin embargo, nunca me he decidido a acudir a clases de natación, aunque sé que así podría superar esta y otras limitaciones. Quizás sea que me cuesta corregir esta actitud espontánea y jovial por la que, a la vez, amo y temo al mar.

El mar #3

Por A. P.

Recuerdo una historia que me pasó hace diez años, en septiembre 2012, en el mar Adriático entre Croacia y Montenegro. Estaba trabajando con mi entonces futuro marido para la empresa de sus padres, en un velero donde él era el capitán. Era la temporada de las tormentas, causadas por los vientos bruscos que bajan de las montañas debido al cambio de temperaturas.

En la administración de la marina de Cavtat (Croacia) habíamos recibido el aviso de la tormenta y la recomendación de quedarnos en el puerto. Pero no hicimos caso a la alarma por la obligación de desplazar el barco al punto de recogida de un cliente el día siguiente.

En el momento de la salida las olas estaban aumentando. Yo no imaginaba todavía lo que me esperaba. Ya había salido en algunos temporales, y creía que este era uno normal y corriente.

Mientras más nos alejábamos de la costa, más se incrementaba la resistencia de los motores contra la fuerza del mar. Iba creciendo la amplitud de las olas, y al cabo de un cierto tiempo ya dudaba si habíamos tomado la decisión correcta.

Se notaba que al barco le costaba ir contra el viento como nunca, iba muy lento, aunque con ambos motores, y hacía ruidos sospechosos. Era un catamarán con sus dos lados, con un par de camarotes en cada uno, con un salón en el centro, donde estábamos dirigiendo el barco con la ayuda del sistema de autopiloto y donde nos refugiábamos de las salpicaduras del mar y de los golpes bruscos del barco provocados por los saltos de una ola a otra. Llegó un momento en el que experimenté el estado de ingravidez, porque literalmente el catamarán estaba volando entre el extremo de una ola y el inicio de otra.

Fue entonces cuando dejé de percibirlo como una atracción de montaña rusa y me puse a pensar cuánto aguantaría el catamarán antes de partirse en dos barcos sin vela. Me sentía una astilla en el mar. Una hormiga ante el elemento salvaje de agua.

Y por un instante se me ocurrió un pensamiento que se me clavó y permanece en mi cabeza como una foto de un acontecimiento que marcó un antes y un después en mi vida. Como un cuadro en la exposición de los hechos de mi biografía expuesto en la sala principal.

Dicen que antes de morir ves una película de todo tu pasado en versión acelerada. Yo lo sentí como el último momento de mi existencia, pero no vi el pasado. El cuadro «Novena ola» del pintor ruso Aivazovski, es lo que recordé yo, mirando el sol de color esmeralda, deslucido, atravesando la ola que estaba elevándose por encima del barco, y lo único que pensé fue: «Qué bonita será la muerte».

Afortunadamente, entonces sobreviví y el día siguiente pisé la tierra. Fue mi bautizo marítimo y el inicio de otra página de mi vida.

El mar #2

Por C.

El ruido de las olas que se repite siempre igual me produce un estado mental parecido a la meditación, me calma y me ayuda a reflexionar. Mirando el color verde azulado del mar el latido de mi corazón se ralentiza y todo es paz y claridad.

El mar es como la vida, pero más simple, porque se extiende brillante y no dice ni pide palabras. Un silencio que, como una ligera y fresca brisa de verano, aleja las nubes de mis angustias. El mar es maravilloso, lo miro, lo huelo, lo escucho, y él lo sabe y me envía suavemente sus olas espumosas hasta la orilla a recogerme y me invita a participar.

Sumergida en el mar me siento libre: quedarme, flotar, nadar, ir donde el agua es más profunda y fresca, moverme sin miedo, dejarme llevar. Sumerjo todo mi cuerpo y mis ojos están cerrados, porque la belleza no tiene solo necesidad de ser mirada, tiene también que ser vivida sobre la piel… Y no pienso más, porque por un momento tengo todo lo que necesito.

El mar #1

Por Andrew Stephens

PRIMEROS RECUERDOS

Medio dormido… Bajando la escalera por la mañana, con mi madre. En la mesa de la cocina veo un enorme plato de almejas -vivas, en movimiento-, intentando escapar de su destino. ¡Qué fascinante!

¡A la playa! Hago un castillo de arena amarilla con mis hermanos, pongo una bandera de papel en la torre… y me caigo encima. ¡Qué vergüenza! ¡Qué placer!

Más tarde… Mirando la puesta de sol, de repente, en la distancia avisto decenas de personas flotando en el cielo, poco a poco bajando contra una luz de oro hacia el mar. ¿¡Qué raro!?

Saint-Michel-en-Grève, Bretaña, Francia, 1958.